La ley no fija una edad y los médicos temen las demandas de los padres

La ley no fija una edad y los médicos temen las demandas de los padres
La demanda sin consentimiento paterno de anticonceptivos o de la píldora del día después o no revelar el consumo de drogas coloca al médico ante un conflicto de lealtad. Si no hay riesgo para la salud, cada vez más se respeta la confidencialidad.
ISABEL PERANCHO
Anticoncepción y abuso de sustancias son algunas de las consultas adolescentes que mayor inquietud generan en los profesionales. (Foto: SGO| IMAGE POINT FR | CORBIS).
Anticoncepción y abuso de sustancias son algunas de las consultas adolescentes que mayor inquietud generan en los profesionales. (Foto: SGO| IMAGE POINT FR | CORBIS).

Se abre la puerta y una menor de edad aparece en la consulta del médico de familia. Esta vez llega sola. Ni rastro de sus padres. Señal de alarma. El facultativo se pone en alerta. Rápidamente su mente emite un ‘diagnóstico’: será una desavenencia familiar, una patología que quiere ocultar o hábitos de vida que no quiere dar a conocer. Y percibe que se le avecina un conflicto de lealtad. La chica tiene 15 años y le cuenta que ha mantenido una relación sexual sin protección. Teme quedarse embarazada y le pide esa píldora que lo evita. Eso sí, no quiere que sus padres lo sepan. ¿Me guardará el secreto?, le inquiere con ojos suplicantes.

El miedo asalta al galeno. Si se niega y lo cuenta a sus progenitores, quiebra el principio ético de la confidencialidad médica y puede perder la confianza de la menor. Pero, ¿y si se la da y sus padres le denuncian?

Desde 2002, la ley recoge que los médicos deben escuchar a los menores de 12 a 16 años y tener en cuenta su opinión. Y si se estima que son maduros podrían decidir sin sus padres cuando el tratamiento no implica riesgos. Cada vez más médicos respetan la voluntad de los denominados ‘menores maduros’, aún sabiendo que pueden ser denunciados por sus tutores. Pero muchos todavía no se atreven.

“Casi ninguno de mis amigos va al centro de salud y tampoco mis compañeros de clase. ¿De qué hablo con él? Pues no tomo drogas ni alcohol, así que de eso poco. Y del tema sexo… tampoco tengo problemas para hablar, ya que a mi madre le parecen bien mis relaciones sexuales mientras lo haga con seguridad y protección. Pero una amiga mía le contó sus cosas a mi médico y le pidió que no se lo dijera a sus padres”, relata Adrián Martínez, de 15 años, que acude periódicamente a la consulta adolescente del pediatra Patricio Ruíz en un centro de salud de Alcalá de Henares. Cada vez más menores de edad se atreven a sentarse en solitario frente al médico para trasladarle sus inquietudes. Pero la respuesta que encuentran no siempre es la que desean, sobre todo cuando plantean temas delicados y solicitan actuar sin el conocimiento de sus padres.

“Los problemas tienen que ver la prescripción de anticonceptivos, de la píldora del día después, con el aborto, ocultar a los padres el consumo de sustancias o las peticiones de cirugía plástica sin informar a los tutores”, destaca el psiquiatra Tomás Blanes, vocal de la Comisión Central de Deontología de la Organización Médica Colegial de España. Y es que el profesional vive las demandas de los chavales “como un marrón”, sobre todo, cuando no han cumplido aún los 16 años, momento en que, salvo excepciones, se reconoce su mayoría de edad sanitaria. “Entre 12 y 15, es una zona extraña y se genera mucha angustia al médico”, reconoce la pediatra madrileña Concha Bonet.

La cuestión es que muchos profesionales desconocen que, desde 2002, la Ley de Autonomía del Paciente contempla que por encima de 16 años se pueden tomar decisiones relativas a actos médicos, salvo en situaciones de grave riesgo para la salud en cuyo caso, los padres deben ser informados hasta que alcanzan los 18 años (aborto, participación en ensayos clínicos, tratamientos de reproducción asistida y donación para trasplante de vivo).

Pero muchos más ignoran que la normativa ha abierto también una puerta para que los adolescentes de 12 a 15 puedan tener opción a elegir. “Realmente, la norma dice que la decisión corresponde a los padres o representantes legales pero ellos deben ser escuchados”, precisa Juan Siso, subdirector general de la oficina del Defensor del Paciente de la Comunidad de Madrid. Sin embargo, como señala este jurista, la propia ley de autonomía y otros reglamentos, como el Código Civil o la Ley de protección jurídica del menor, asientan la denominada doctrina del menor maduro. “Básicamente, se le reconoce su capacidad de consentir una intervención médica si se valora que puede comprender intelectualmente y emocionalmente su alcance”, añade Siso.

Y ahí radica, en opinión de los expertos, la clave. No es fácil dar una respuesta a cuándo es una persona moralmente madura. La psicología evolutiva señala que entre los ocho y los 11 años el niño va tomando conciencia de su autonomía interna y otros estudios indican que la madurez moral llega entre los 13 y los 15. El problema es que nadie se atreve a marcar un frontera clara.

“No es la edad la que determina la madurez. Es un proceso y no eres maduro en todo a la vez. En cualquier caso, para las decisiones de salud sólo se exige que se le considere maduro en ese caso concreto”, puntualiza Concha Bonet. Médicos de atención primaria, pediatras, ginecólogos, psiquiatras… Son los profesionales en cuyas consultas se está dilucidando el futuro de la atención al menor en España. “Todavía cuesta introducir cambios porque hay mucha confusión con el tema de las edades, pero esta no es trascendental: si no hay riesgo en la petición que hace el chaval y se valora que es capaz de entender la intervención no habría problemas”, considera Beatriz Ogando, médico de familia y magíster en Bioética. El riesgo es, para Juan Siso, “el fiel de la balanza”. En su opinión, si no existe se debe respetar la confidencialidad. “El profesional sanitario no puede informar a los padres que su hija menor tiene una relación sexual, salvo que detecte un riesgo. Lo mismo ocurriría en el caso de consumir drogas: si es algo casual, no se debería informar, si el consumo es continuado, se habla con ellos”.

Este menage a trois entre el médico, su paciente menor y su familia, a la que probablemente también atienda con asiduidad, es lo que incomoda a los profesionales. Bonet admite que “algunos padres piensan que estás de su lado, pero en ocasiones debes decidir que hay cosas que ya no compartes con ellos sobre su hijo. Aunque no es lo habitual, en ciertos casos se vive como una pequeña traición”.

Para Carmen Santos de Unamuno, miembro del grupo de Bioética de la Sociedad Española de Medicina de Familia, saltarse la confidencialidad es peligroso y más en el caso de un adolescente. “Les cuesta ir al médico porque entienden que estamos con sus padres. Si nos cargamos su confianza no vuelven durante mucho tiempo. Ni él ni su pandilla. No se debe permitir esto. Es complicado, pero debes tener en cuenta que es el menor el que acude a tí y ha hecho un esfuerzo”.

Aún así, como subraya Siso, muchos profesionales prefieren tener de enemigos al hijo que a sus padres”. Sobre todo porque éstos pueden llegar a plantear una demanda judicial. “Entre 12 y 16 años la ley obliga a informar a los padres, pero si el menor dice que no y el médico no quiere vulnerar su derecho a la confidencialidad y lo cree maduro y le administra un tratamiento, debe conocer que los tutores pueden actuar contra él”, recuerda Blanes.

No se tiene constancia expresa de que, hasta el momento, haya habido demandas judiciales por asistencia sanitaria a menores sin el consentimiento de sus padres, aunque algunos profesionales admiten haber oído que otros compañeros han tenido algunos problemas. Uno de los motivos puede ser que, aunque en las consultas se respira un ambiente más abierto hacia respetar los derechos del menor, todavía son pocos los médicos que se animan a considerar maduros a sus pacientes adolescentes. ¿Estamos capacidatos para determinar si lo son?, se cuestionan. “Basta aplicar el sentido común. Son suficientes cinco minutos de charla para ver si entiende lo que le estás explicando. ¿Sabes que pastilla te tomas?, ¿para qué sirve?, ¿que te ocurre si la tomas?, ¿qué te ocurre si no la tomas?”, ejemplifica Antonio Hidalgo, del Grupo de Trabajo de Bioética de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (Semergen). La falta de formación y el desconocimiento no son el único motivo. Parte de la comunidad médica se opone por principio a acatar la decisión de menores sin el consentimiento de sus padres. Dos artículos referentes a la autonomía del menor de la última versión del Código Deontológico de los médicos de Cataluña están temporalmente suspendidos desde 2005, al considerar el juez que contravenían el derecho de los progenitores a conocer el consumo de drogas, embarazos no deseados o enfermedades graves de sus hijos. La demanda la interpusieron 112 profesionales.

También colabora el hecho de que el paso de los adolescentes por el centro de salud no es habitual. Y que el grueso de la demanda de uno de los motivos de consulta adolescente que más temor suscita a los facultativos, la prescripción de la contracepción de emergencia (la popular píldora del día después), se concentra a partir de los 16 años. “Es la edad media de inicio de las relaciones sexuales en España. Por debajo de esa edad no es habitual pedirla”, explica Esther de la Viuda, presidenta de la Sociedad Española de Contracepción (SEC). Esta especialista reconoce la existencia de reticencias para dispensar este fármaco, que la Organización Mundial de la Salud considera esencial y para la que la SEC demanda “una mayor accesibilidad y la libre prescripción” en farmacia. “Los profesionales deben saber que igual que unos padres pueden demandarle por recetarla a su hija menor, pueden hacerlo también por no dársela si ésta se queda embarazada”, advierte De la Viuda.

QUÉ HACEMOS

Para aquellos que aún no han recibido la embarazosa visita de un adolescente, los expertos ofrecen los siguientes consejos para salir airoso:

En caso de conflicto… Lo ideal es tratar de convencer al menor para implicar a sus padres en la decisión. “Hay chavales aterrorizados por decir a sus padres que toman anticonceptivos pero ellos estarían encantados de evitarle un embarazo”, apunta Blanes.

¿Si el menor se niega… Y se aprecia que no hay riesgo para la salud, que entiende el tratamiento y comprende el alcance de su decisión, el médico debe adoptar la alternativa que considere adecuada sabiendo que los padres pueden llegar a actuar contra él.

Si el menor acepta, pero… Se informa a los padres y hay disparidad de criterio. Por ejemplo, el caso de una joven con anorexia que rechaza el ingreso en un hospital o unos progenitores que quieren piden un aborto para su hija menor embarazada y ella se niega. “Hay que intentar ofrecer una alternativa médica razonable, pero si no es posible o no se acepta, se puede solicitar el amparo judicial o suspender la relación con el paciente”, señala Blanes. Eso sí, en caso de urgencia, como podría plantearse en el caso de un menor cuyos padres Testigos de Jehová le niegan una transfusión vital, prevalece el criterio del médico. O si el profesional decide objetar, además de notificarlo, debe dar opción al paciente a acudir a otra consulta en la que puedan atender su petición.

Dejar constancia escrita… Ante la demanda de un menor, en la historia clínica debe plasmarse por escrito si se le considera o no maduro, los criterios seguidos para determinarlo, si concurre o no una situación de riesgo y si se ha informado o no a los padres y los motivos. “Es el medio de prueba antes un tribunal. Si pasa algo es difícil acordarse. Disponer de esta información confiere al profesional un aura de responsabilidad ante el juez. Da idea de que ha puesto cuidado en no equivocarse”, aconseja Siso.


La consulta de Patricio rompe el mito de que los adolescentes huyen del médico
Desde Algete, Torrelodones, Torrejón… La consulta vespertina del pediatra Patricio Ruíz en el centro de salud Manuel Merino, en Alcalá de Henares, recibe pacientes de localidades teóricamente lejanas de la comunidad madrileña. El servicio está desbordado y la lista de espera cada día más abultada. ¿El motivo? Patricio desarrolla desde hace 10 años, gratuitamente y fuera de su horario laboral, una consulta específica para adolescentes en la que éstos son asistidos sin la presencia de sus progenitores y con garantía de confidencialidad. En esta década se han sentado frente a su mesa más de 800 chavales, algunos enviados por sus propios padres, otros derivados por colegas o desde los colegios, más atraidos por la Web que recoge sus actividades o mediante el boca a boca. “Así me vienen las pandillas”, explica. Y es que, como asegura este especialista, “es un mito” que el adolescente no va al médico: “Nuestra lista de espera lo demuestra.El problema es que las consultas tradicionales de pediatría o medicina de familia no les sirven, necesitan un espacio propio donde expresarse, donde puedan ser escuchados y sepan que se les va a respetar. Porque físicamente pueden estar muy sanos, pero psicológica y socialmente tienen muchos malestares que acaban perjudicando su salud. Negarles la madurez para dar su consentimiento en ciertos casos es negarles sus derechos y tratarles como si no fueran personas”.

Para Patricio, los padres de sus chicos nunca han sido un problema. “Les explicamos a ambos las reglas del juego. Saben que, si se rebasan ciertos límites éticos en la confidencialidad, lo vamos a contar”. Pero su consulta no se limita a prestar atención individual. “Realmente hacemos ‘coaching’ [asesoramiento] sobre hábitos de vida a los adolescentes. No tiene sentido trabajar sobre las drogas o la anticoncepción de manera independiente, hay que hacerlo también sobre cuestiones como la autoestima, la educación, la promoción de la salud mental…”. Y para ello es clave implicar a los propios chavales. Ellos colaboran en talleres formativos para los más pequeños (de 11 a 14 años) o en proyectos de participación comunitaria. Como Andrés Arrojo, de 18 años, presidente de la Comisión Permanente de Coordinación de Jóvenes y Adolescentes de este centro de salud. Recaló en la consulta de Patricio con 17 años y un déficit de atención con hiperactividad. “Al principio le veía como un loquero”, pero en sus ratos libres colabora con él para “ayudar a otros chavales a salir de su aislamiento, mejorar su autoestima o informarles sobre sexo”.


¿Cuándo son mayores?
12 años: el niño tiene derecho a ser oído. Se le reconoce capacidad de decidir en caso de adopción o acogimiento.

13 años: se admite su capacidad para consentir relaciones sexuales sin que éstas sean delito.

14 años: contraer matrimonio con permiso judicial.

16 años: se les reconoce el derecho a emanciparse de sus tutores legales. Mayoría de edad penal y sanitaria. Puede tomar decisiones médicas sin el consentimiento de sus tutores, excepto en situaciones de grave riesgo en las que éstos deben ser informados. Se exceptúan los siguientes supuestos: interrupción voluntaria del embarazo, aplicación de técnicas de reproducción asistida, participación en ensayos clínicos y donación de órganos para trasplante de vivo. En estos casos se exige el consentimiento de los representantes legales.

18 años: mayoría de edad legal.

http://www.elmundo.es/suplementos/salud/2008/760/1212789603.html


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